jueves, 6 de octubre de 2011

El turno de Helena Cartwright


El sol había desaparecido tras un sinfín de montañas hacía ya una hora. Jeremías estaba sentado sobre una piedra mientras esperaba, ansioso. Sus largos mechones negros caían delicadamente sobre su tez, ahora pálida, y sus manos impacientes jugueteaban en el aire a la espera de una orden de actuar.

El silencio sepulcral del bosque se rompió con el crujido de una rama. Jeremías se levantó rápidamente y adoptó una postura de ataque, era la oportunidad que él estaba esperando. La noche estaba llegando a su clímax, la tercera noche, su salvación. Sacó un papel negro de su bolsillo, las letras plateadas que lo adornaban ya estaban perdiendo su brillo, tenía que actuar rápido, o estaría condenado a vivir esa vida para siempre. Una sombra apareció entre los arboles con ojos temerosos y pasos asustados. ¿Esa sería su víctima? ¿Una indefensa muchacha de unos 16 años? No había tiempo para compadecerse. Sacó una daga que tenía escondida bajo una pila de hojas secas y corrió en dirección de la recién llegada.

—Sólo un poco de sangre y tu nombre, es lo único que necesito para dejarte libre —dijo entre risas mientras la inmovilizaba bajo su cuerpo.

Situó la pequeña daga en el cuello de la chica y no la retiró hasta que la hoja plateada hubiera adoptado un color carmesí.

—Helena, mi nombre es Helena, por favor dejame libre. —Las lágrimas caían de sus ojos mezclándose con la sangre que le seguía brotando de la herida.

¿Helena qué?

—Helena Cartwright.

Jeremías sonrió. Resultó más fácil de lo que esperaba. Sólo deseaba que Helena en verdad se llamara así, de lo contrario, sufriría la condena. Apoyó el papel negro en el suelo y con la sangre de la daga escribió delicadamente el nombre de ella. Las letras casi opacas del papel recobraron su intenso brillo plateado.

Tu herida va a cicatrizarse rápidamente y cuando lo haga, vas a tener fuerza suficiente para entender esto y salir de acá. —Dejó el papel y la daga sobre las piernas de Helena, cuyos movimientos desesperados habían cesado. Jeremías se encaminó por el sendero del bosque, sonriendo, agradecido por haberse liberado. Ahora el problema era de Helena, no de él.

***
Era ya de mañana cuando Helena despertó. Sus ojos recorrieron todo su alrededor en busca de una explicación. ¿Qué había sucedido la noche anterior? Con dificultad, se levantó del suelo y observó los objetos que yacían en sus piernas. Por un momento dudó en tomarlos, pero la curiosidad venció a la precaución y en apenas segundos, Helena tenía el papel y la daga en sus manos. Recordó el encuentro que tuvo antes de desmayarse, la herida que este le había dejado. Ya no sentía el dolor punzante de antes, por lo que prefirió dar más importancia al pequeño escrito que tenía entre sus manos. Sus ojos se movían rápidamente de un extremo al otro del papel, como si de esa forma el texto cambiara. Lo soltó desesperadamente con la esperanza de olvidarse de esas terribles palabras, pero era tarde, ya las tenía grabadas en su mente. Las repitió una y otra vez, esperando poder comprenderlas.
“Tres amaneceres es el límite marcado para cambiar la situación. Sangre, es lo único que necesitas, y el nombre del condenado corazón.”
¿Qué querría decir eso? Pensó que quizás no era más que una broma de mal gusto, quería creerlo, pero en el fondo de su mente, sabía que ese pensamiento era incorrecto. Necesitaba respuestas. Miró el papel nuevamente, esperando más información, o cualquier cosa que probara que estaba soñando. Para su sorpresa, las letras que hasta momentos atrás eran enteramente de un color plateado, empezaban a perder un poco de brillo.
Trató de recordar algo que pudiera ayudarla en su búsqueda hacia las esperadas respuestas, pero por más que pensara, nada pasaba por su mente. Estaba a punto de rendirse cuando ese nombre apareció entre sus pensamientos. Jeremías. Sabía que tenía que buscarlo, que él le daría las respuestas necesarias. Ahora sólo restaba encontrarlo. Parecía una tarea sencilla, pero Helena no sabía dónde buscarlo, ni cómo hacerlo. La dirección invadió su mente de la misma forma que el aire invade los pulmones, sin permiso ni explicación. No le importó eso, lo único que quería eran las preciadas respuestas, así que no dudó en dirigirse a la misteriosa dirección.
***
El bar estaba ocupado por apenas media docena de personas cuando Helena entro en él. Una pareja de enamorados al lado de la entrada y cuatro hombres solitarios dispersos por el local. Analizó a cada uno de ellos en busca de Jeremías, pero no sabía cómo era. No recordaba mucho de la noche anterior. Mientras trataba de adivinar cuál de los allí presentes era la persona que buscaba, un joven se acercó a ella, trayéndola a la realidad.
Sabía que vendrías —dijo con una sonrisa apenas perceptible—. Soy Jeremías, pero supongo que ya lo habías deducido.
Helena no pronunció ninguna palabra. La sorpresa la había paralizado por completo.
—Tranquila, no muerdo. Supongo que viniste por respuestas, yo también estaba así la primera noche. Las dudas no te dan sosiego. Pregúntame lo que necesites, te ayudaré lo más que pueda. Después de todo, esa ahora es mi función, hasta que falles o prosperes en tu misión.
¿Mi misión? —Helena rompió su voto de silencio. Seguía demasiado sorprendida por la situación, pero no dejaría que eso se interpusiera en la adquisición de las respuestas.
—Sí, supongo que leíste el papel, ¿no? Tienes que lograr lo que ahí dice, de lo contrario seguirás en esa situación eternamente.
—¿Qué situación? ¿A qué te refieres?
— Niña, la verdad esperaba a alguien más inteligente, tener que explicar cada detalle me agota. Pronto los cambios empezaran a surgir, al principio pensarás que no es más que tu imaginación, pero no es así. A medida que el segundo amanecer se acerque, los cambios se intensificarán. Sólo encargate de escribir en el papel negro el nombre de una persona con su sangre. Hazlo antes que las letras plateadas pierdan completamente su brillo. ¡Ah! Otra cosa, asegúrate de escribir el nombre correcto, o el efecto no funcionará y estarás condenada a sufrir las consecuencias. Ahora vete, por favor. No quiero que me sigas estresando.
Desconcertada, Helena salió del bar. Ya era de noche. Seguía procesando la información recibida momentos atrás. ¿A qué se refería con los cambios? No lo sabía. Lo único que sabía era que debía completar esa “misión”. Los primeros rayos de sol interrumpieron sus teorías. No había notado que ya era de día. Caminó hasta una plaza cercana y se sentó a observar el amanecer. Últimamente el tiempo estaba pasando más rápido de lo usual. ¿Sería ese uno de los cambios a los que se refirió Jeremías? No estaba segura. Se sentía muy cansada, así que prefirió relajarse y dormir un poco.
***
Cuando Helena abrió los ojos, se encontró sumida en una oscuridad reconfortante. No sabía lo que ocurría, pero era imposible que hubiera dormido todo un día. Seguro era su imaginación. Trató de aferrarse a ese pensamiento, pero las palabras de Jeremías le taladraban la cabeza. “Al principio pensarás que es tu imaginación, pero no es así”. Se deshizo de esos pensamientos. El tercer amanecer ya estaba cerca, debía apresurarse. Se incorporó rápidamente y vagó sin rumbo por unas pocas horas, esperando encontrar alguna persona en el camino.
Helena se estaba resignando, quizás una vida así no sería tan mala, después de todo ella no había sufrido muchos cambios, salvo por la pérdida del pigmento de su cuerpo y el rápido transcurso del horario, seguramente Jeremías había exagerado. Estuvo a punto de aceptar esa realidad cuando un crujido de hojas secas hizo que la descartara. Estaba en el mismo bosque que hacía dos noches.
Sus sentidos se agudizaron a cada crujido, alguien se estaba acercando. Sacó la daga de su escondite y esperó hasta que la figura del joven apareciera. Sin un momento de dubitación se abalanzó sobre este, repitiendo lo que Jeremías le había hecho en ese mismo lugar.
Tu nombre, es lo único que necesito —dijo.
—Sebastián… Sebastián Gray.

Escribió rápidamente el nombre del joven en el papel. Fue mucho más fácil de lo que esperaba. Dejó el escrito y la  daga sobre el torso de Sebastián en el mismo momento que el sol hizo su entrada triunfal en el cielo. El tercer amanecer. Helena se alejó por el sendero del bosque, feliz, creyendo haber cumplido la misión, y sin saber que el verdadero nombre de Sebastián era Jonathan Winslet.


domingo, 2 de octubre de 2011

Orgullo & Prejuicio, y el renacer de mi ¿Obsesión?

Desde la primera vez que vi Orgullo&Prejuicio, supe que esa sería la película que me acompañaría por el resto de mi vida. Y no solo por el hecho de poder disfrutar a Mr. Darcy, que por cierto es mucho mejor de lo que imaginé cuando leí el libro, también porque tiene una trama que atrapa y un romance que a muchas les gustaría vivir. Así, poco a poco, escena por escena, la película se fue transformando en una "obsesión", pero no con un significado negativo, sino que se transformó en un pensamiento que difícilmente puedo apartar de mi mente, una compañía constante, y muchas veces un lugar dónde escapar cuando las situaciones se complican en la vida real. Me encantaría haber estado en esa época en la que el amor tenía un concepto diferente, y en la que la frase "Te amo" obtenía un significado verdaderamente pasional en comparación a hoy en día.
Y acá está la parte a la que realmente quería llegar, el descubrimiento que re-encendió la llama de mi pasión por Orgullo&Prejuicio:
Hace ya una semana, salía del colegio acompañada de una amiga que siempre va conmigo hasta la parada del colectivo, ya que ella toma el suyo cerca. Como siempre hablábamos de libros, una de tantas pasiones que compartimos, y entre libro y libro surgió el tema de Orgullo&Prejuicio, y con este, la película. Demás está decir que yo la comentaba con mucho entusiasmo, al igual que lo hacía ella. Hablé de lo mucho que amo Mr. Darcy y ella me habló del final alternativo. Sí, un final alternativo. No tengo palabras suficientes para expresar mi sorpresa en ese momento, lo único que puedo decir, es que en el mismo instante que llegué a casa fui directo a la computadora para ver ese bendito final. No sabía que me esperaba, pero estaba segura que, fuera lo que fuese, no me decepcionaría.
Busqué el video en Youtube, y esperé pacientemente a que se cargara, y así que lo hizo, no pensé dos veces. Apreté Play y me adentré en esa pequeña parte de la película que me fue oculta tanto tiempo. Las lágrimas caían cada segundo que pasaba, la emoción era tal que a duras penas podía evitar dar gritos de alegría. El final alternativo mostró lo que siempre quise ver en la película. Sin decir más, dejo el video para que también lo puedan ver y disfrutar, tanto como yo lo hice, y lo sigo haciendo, no lo niego. Y si aún no vieron la película, les recomiendo de todo corazón que lo hagan, es imposible arrepentirse de verla. Espero amen este final alternativo tanto como yo lo hice.
Saludos.

PD: Les recomiendo expandir el video para poder leer bien los subtítulos.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Hace un par de días le conté a una amiga que voy a empezar clases de circo. Charla va, charla viene, ella me recomendó un vídeo, que si bien muestra la vida en un circo, tiene un significado mucho más allá de eso. Da un mensaje de esperanza, de motivación. Muestra que todos podemos superar los obstáculos si confiamos en nosotros mismos. 
Por ese motivo quiero compartirlo con ustedes. Para que tengan esperanzas y no se den por vencidos, porque todo se puede lograr.





martes, 13 de septiembre de 2011

Blog nuevo ¿Vida nueva?


Luego de tantas modificaciones en el aspecto de mi blog, y ninguna modificación en el contenido del mismo, me decidí a volver a publicar. Y para alegría de varios, y con varios me refiero a mis papás sobre todo, no voy a dedicarme exclusivamente a publicar mis cuentos, voy a publicar temas varios en las nuevas secciones que estoy creando para el blog. Espero que disfruten el inicio de esta nueva etapa tanto como yo lo estoy haciendo.
Saludos~

viernes, 19 de agosto de 2011

Y que será del viento. Parte 5. Final

Caminamos  a mi casa. Quizás esta vez sería diferente, ya había sido diferente respeto a mi corazón. Quizás ella me dejaría quedar. En el fondo, no lo creía, pero no quería perder, lo que era nuestra última esperanza. Cuando llegamos a mi casa, ella estaba afuera, con todas las cajas, y su habitual cara de impaciencia por mis llegadas tarde. Fuimos directo hacia ella. Julián se limpió las lágrimas de su rostro, y habló. Le dijo que podía quedarme con él. Que viviríamos juntos, que la iríamos a visitar dondequiera que ella estuviera, pero que no le quitara lo que él más apreciaba de su vida. Mi mamá escucho paciente todo lo que él le decía, la esperanza crecía cada vez más en mi corazón, si ella o escuchaba era porque lo estaba considerando, quizás me quedaría con  él después de todo.


Sin embargo, me equivoqué, así que él finalizó su discurso, ella dijo que yo no me quedaría. Que me iría con ella, y que no podía reclamar, que aún era menor, y por lo tanto debía hacer lo que ella me ordenara. Al escuchar eso, todos los años de autocontrol se perdieron, ella me había quitado demasiado, y me quería quitar ahora el sentido que le había encontrado a mi vida. No me contuve, no quería hacerlo.
– Durante años estuve viajando contigo, nunca te cuestione, nunca dije que me molestaba, aunque lo hiciera, siempre viajé contigo sin reclamarte nada, porque sabía cómo te sentías y en parte me daba lástima verte mal. – el volumen de mi voz iba  creciendo a medida que mi ira también lo hacía – Nunca te dije lo mal que me hacía viajar de un lado a otro, no tener amigos, porque pensaba que lo que hacías era también para mí bien. Pero debí darme cuenta antes, que no haces nada más que para ti misma. Que lo único que importa es que tú estés bien. Que por eso te perdiste en el alcohol, por eso te acostaste con el primero que se cruzaba en tu camino, y que por eso ahora viajamos de un lado a otro. Lo haces por ti, porque tienes miedo, miedo de que papá sepa todo lo que hiciste, no eres más que una cobarde, al menos deberías enfrentarte a la consecuencia de tus actos, pero prefieres huir. Debería darte vergüenza. ¡Eres una puta! No, ni siquiera eso, porque ellas cobran por hacerlo, tú te entregabas gratis. Eres una zorra que cometió los peores errores, y que ahora escapa, como si eso borrara todo lo que ya hiciste. Y por tu culpa, perderé al amor de mi vida. ¡Desgraciada!

Estaba llorando, pero no de tristeza, sino de ira. Su cara se transformó. Levantó la mano y me dio un cachetazo, me lo merecía, pero no me arrepentía de haberle dicho todo. Acto seguido, caminó con las cajas hacia el taxi, que estaba esperando, no sabía hacia cuanto tiempo. Guardó todas y se subió en el asiento de adelante. Me miró, con una mirada de odio, hizo un gesto para que me subiera al auto, y amenazó con bajarse a buscarme, si fuera necesario. Miré hacia atrás, donde estaba Julián, busqué sus ojos, en los que me había perdido tantas veces, y vi su mirada de tristeza. No conseguí mirarlo por mucho tiempo, solo lo hice lo suficiente para sonreír, en agradecimiento por todo lo que había hecho por mí, y me fui.


Me subí a la parte de atrás del taxi, y apoyé mi cabeza contra la ventanilla. Pequeñas gotas de agua caían sobre el vidrio. Estaba lloviendo. «Hasta el cielo se apiado de nosotros», pensé y lloré.

Porque hay un dicho que dice "Dios los hace, y el viento los amontona", pero, ¿No hay ninguno que diga que el viento también nos puede separar?


miércoles, 17 de agosto de 2011

Y que será del viento. Parte 4


La desesperación invadió mi cuerpo. El tiempo había pasado más rápido que la última vez. Era imposible. No podía ser verdad. No esta vez, no ahora que había encontrado un sentido para vivir. Esto no podía estarme pasando. Él noto el estado en que estaba, y su cara se transformó en una máscara de angustia. Yo aún no le había contado, nunca encontraba el momento apropiado. Pero ahora tenía que hacerlo, y era el peor momento, pero tenía que decirle lo que estaba pasando, lo que iba a pasar. Pero, ¿Por dónde empezar? La historia era larga y tenía que contársela entera, al menos eso le debía, por todos los momentos de alegría que me hizo pasar. Él ya estaba impaciente, yo aún no decía ninguna palabra.
 ¿Qué sucede? –preguntó, sin importarse con dejar al descubierto el miedo que envolvía su pregunta.
 Es una larga historia – dije – estuve buscando el momento apropiado, y lamento que te vayas a enterar de esta forma.
– No importa que no me contaras antes, lo harás ahora, pero dime, dime que sucede, así yo podré ayudarte, verte mal y no hacer nada no es una opción para mí. Por favor cuéntame que está sucediendo.

Suspire. Él quería ayudarme. Pero no iba a poder hacerlo. ¿Cómo podía contarle una historia que mataría sus esperanzas? No tenía otra alternativa que hacerlo.
– Lo que me sucede es una consecuencia de algo que empezó hace ya seis años. Mi papá estaba muy enfermo para ese entonces, los médicos no sabían que hacer, nada de lo que hicieran lo curaría. Él estaba destinado a morir, y lo sabía.


» Todas las tardes, mi mamá y yo íbamos al hospital a verlo. Queríamos pasar sus últimos momentos juntos. Llegábamos allá con las caras manchadas por las lágrimas secas, y él lo notaba. Se suponía que nosotras teníamos que ser fuertes por él, pero todo terminaba siendo al revés. Mi papá era el que siempre nos consolaba diciendo que todo estaría bien, que él nunca nos abandonaría, que su cuerpo podía ya no estar entre nosotras, pero que su amor siempre se quedaría. Eso no nos consolaba, nosotras lo queríamos a él, a todo, queríamos a su amor, claro, pero también queríamos que él estuviera con nosotras, dándonoslo. Así  el tiempo fue pasando, cada vez íbamos más temprano al hospital y salíamos más tarde. Él nunca pareció empeorar, y eso me daba esperanzas, quizás los médicos se equivocaron al decir que no podrían salvarlo. Nunca pareció hacerlo, hasta que pasó. Ese día mi mamá y yo llegamos más tarde de lo común al hospital. Habíamos ido a hacer unas compras, para adornar la sala en la que él estaba, para que no pareciera que las cosas estaban tan graves. Así que llegamos los médicos nos arrastraron a otra sala, no la habitual, sino una de emergencias, a pesar de que nos habían dicho que era imposible salvarlo, ahora estaban haciendo lo máximo posible para demostrar que se equivocaban. Las lágrimas aparecerían pronto, lo sabíamos, pero tratamos de ser fuertes, por él. Nos situamos a su lado, el extendió una mano hacia mi mamá, que no dudo en tomarla, la sostuvo tan fuerte como pudo, como si así pudiera evitar que él se fuera. Pero era inevitable, y lo sabíamos, pero admitirlo no era una opción. Mi papá quería despedirse, pero no lo dejábamos, no podía abandonarnos. Por más que tratamos de evitar que se despidiera, lo hizo, dijo unas últimas palabras, que quería que fueran un consuelo para nosotras.
– Aunque me vaya ahora, nunca me olvidaré de ustedes, así como sé que ustedes nunca se olvidarán de mí. No las abandonaré, siempre que el viento envuelva sus cuerpos, estaré presente, seré yo, que las cuido desde mi lugar.

Al terminar de decirlo, su corazón dejo de latir, y en ese preciso momento, el frío viento de otoño envolvió nuestros cuerpos. Ambas sufrimos, ambas lloramos, pero traté de ser fuerte por mi mamá.
Los días pasaban y ella estaba cada vez más deprimida, no encontraba una razón para seguir viviendo. Su nuevo consuelo era una botella de whisky, que siempre llevaba en la mano. Al parecer, esa era la solución que encontró, perderse en el mundo del alcohol para evitar sufrir la perdida de mi papá. A causa de eso, hizo muchas cosas,  que hasta yo me avergüenzo de decirlas. Sufría cada vez que se iba por las noches, con sus vestiditos ajustados, y no volvía hasta el día siguiente. Ella pensaba que no sabía que sucedía en su ausencia, era demasiado chica para saberlo, pero tenía suficiente sentido común. Los  siguientes doce meses, ella se pasó viviendo esa nueva “vida”, no parecía arrepentirse de lo que hacía, hasta que llegó el otoño. Cuando el frío viento apareció, ella se desesperó. No quería que mi papá supiera todo lo que había hecho, así que su solución fue irse. Dejamos todas las cosas como estaban, y nos tomamos el primer avión que salía del país, hacia España. Se consolaba pensando que si escapábamos del otoño, mi papá nunca sabría todo lo que pasó tras su partida. Así que siempre, cuando el frío viento amenaza con envolvernos, partimos. Los últimos cinco años, no tengo un hogar fijo, siempre viajamos, de norte a sur, de sur a norte, siempre a un lugar donde el otoño no haya llegado. Y ahora, está sucediendo, de nuevo, fui una tonta al pensar que esta vez sería diferente. Ahora ella debe estar en casa esperando a que llegue, para partir otra vez.


Al terminar de contarle, lo abracé. Quizás este fuera nuestro último abrazo. Él no me soltó, me abrazaba cada vez más fuerte, se negaba a dejarme ir. 
 Debe haber una solución. Puedes quedarte conmigo, no vayas con ella, puedes dejarla ir sola.
– No puedo. Ese fue ya un tema de discusión de hace unos años. Le pedí que me dejara vivir con una familia que conocimos,  y ella se negó. Decía que yo podría delatarla con papá, que no se arriesgaría a eso.
– Yo… yo hablaré con ella, lo entenderá. No puedes irte, no puedes dejarme, te necesito, al lado mío, por el resto de nuestras vidas – una tras otra, las lágrimas bajaban por su rostro, él en verdad me quería, nunca lo había dudado, él me quería con él, pasara lo que pasase.



domingo, 14 de agosto de 2011

Y que será del viento. Parte 3

Me desperté más temprano de lo usual. Quería ir a la plaza, para ver el amanecer. Esa era una especie de ritual que tenía cada vez que llegábamos a un nuevo lugar. Mi mamá estaba acostumbrada, no discutíamos por eso. Busqué mi ropa por toda la habitación, hasta que me convencí de que ella aún no me la había devuelto, así que decidí salir con mi pijama. Nadie se despertaba tan temprano, no tendría que preocuparme por encontrarme con alguien en el camino. Atravesé la sala sigilosamente. A mi mamá no le molestaba que me levantara  a esta hora para ver el amanecer, pero no estaba demás tomar precauciones para que no despertara, nunca sabía con qué nueva excusa podría salirse. Tomé un abrigo que encontré descansando sobre el sillón y salí de casa.
Aún estaba oscuro, pero si no me apuraba, el sol saldría mientras yo seguía caminando y no podría disfrutarlo tanto. Caminé deprisa por el camino que las señoras me indicaron ayer y llegué  la plaza. El sol no salía todavía, pero no tardaría mucho más. Consideré cuál sería el mejor lugar para ver el amanecer, y recordé mi primer encuentro con Julián. Él me había dicho que el lugar en el que estaba, era el mejor para ver el atardecer, por lo tanto, ahora tenía que ir  al otro lado de la plaza, y ese sería el lugar ideal para ver el amanecer.
Atravesé la plaza con pasos lentos, y me senté en el banco que estaba allí. Al igual que el otro, estaba tallado a mano con las siluetas de todas las flores que había en la plaza.
Esperé un rato, hasta que el oscuro color que dominaba el cielo fue perdiendo, paulatinamente, su intensidad. Lo lindo de los amaneceres era que, por más que terminaran igual, con el sol en el cielo, sus procesos para hacerlo eran distintos cada vez. Nadie apreciaba este hecho como yo lo hacía. Recuerdo que cuando era más chica, mis vecinos solían tratarme como una loca, por disfrutar de algo tan bello y natural. Para esa época soñaba con encontrarme a alguien especial, que apreciara ese hecho como yo lo hacía.
Me sumí tanto en mis pensamientos, que apenas me di cuenta que alguien estaba al lado mío. Como en la tarde de ayer, Julián llegó sigilosamente, pero esta vez no dijo ninguna palabra. Me pregunté cómo haría para caminar tan suavemente, para que yo no pudiera escucharlo. Quedamos un largo rato en silencio, hasta que, cansada de que no dijera algo, hablé.
 ¿Qué haces por aquí?
  Vine a ver el amanecer – dijo sin mirarme a los ojos –  es una de las pocas cosas que     realmente me agradan. Que sorpresa encontrarte aquí, en este lugar, recién llegas y ya pareces saber cuáles son los lugares que te dan las vistas más bellas.
  Es que recodé lo que me dijiste ayer del atardecer, y cómo el sol sale por el lado contrario al que se pone, supuse que este era el mejor lugar para disfrutar de esta vista.
    Y no te equivocaste, este es el mejor lugar para verlo, probé con todos los lugares de la plaza, y no cambiaría este por nada. Desde acá se puede apreciar cada detalle del amanecer, como los colores invaden el cielo con su forma tan especial de hacerlo. Es perfecto.
   No muchos aprecian esta belleza.
    Lo sé.

Ambos nos quedamos en silencio, mientras el sol, acompañado con una diversa gama de colores, pintaba el que hasta unos momentos atrás había sido un oscuro cielo. ¿Sería posible lo que estaba sucediendo? ¿El destino me odiaba tanto como para hacerme esto? Ya era suficiente el hecho de que creía estar enamorada de Julián, ¿Y ahora también quería hacer que creyera que él era el chico que espero desde que era una niña? Pero no tenía que creer nada, estaba ya bien claro que eso era cierto. Él era la persona ideal para mí. La persona que vino a romper el “orden” de mi vida. No podía permitirme el lujo de estar con él, además ni siquiera sabía si él estaba interesado en mí. Lo dudaba mucho, ¿Quién se enamora de una persona que conoció hace un día? Al pensar en esto, otro nudo se formó en mi estómago. Yo ya estaba enamorada de él, no importaba hacía cuanto lo hubiera conocido. Pero, ¿Estaría el enamorado de mí? ¿O sería rechazada por el único chico que amé en mi vida, y estaba segura, el único al que iba a amar? Sentía que las lágrimas querían escapar de mis ojos, y me levanté para irme. No quería que me viera llorar. Quería desaparecer en ese instante. Corrí. Como nunca había corrido en mi vida. Tomé el camino contrario al que llevaba  a mi casa. No quería cruzarme accidentalmente con alguien de su familia, que luego le dijera que me vio llorar. Las lágrimas caían por mi rostro, y yo seguía corriendo, hasta que me cansé y me detuve.
Había corrido hasta la calle principal de la ciudad, los comercios estaban cerrados, era demasiado temprano para abrir. Caminé por la calle, pasando mi vista por los lugares, hasta que me detuve en una heladería que, a diferencia de los demás negocios, si estaba abierta. Traía algo de dinero conmigo, podía ir allí un rato. Sería ideal para calmar mis penas. No fue hasta que entré que recordé que vestía mi pijama. Pero ya era tarde para salir sin que me vieran. Detrás de la caja, solo había una señora, que me hizo recordar a Marlene. ¿Era una coincidencia, o el destino de nuevo me estaba jugando una broma? Le pedí un pequeño helado de frutilla y le pagué. Cuándo me lo trajo, le agradecí y fui a sentarme en un banquito de madera que había en el exterior del lugar. Tenía mucho en que pensar, pero no quería hacerlo, ya había más gente en la calle, y no quería que me vieran llorar. Comí mi helado tan rápido como pude y me fui. Hice el mismo camino que cuando vine. No quería explorar un nuevo lugar, no me sentía con ánimos para hacerlo. Podía cortar camino pasando por la plaza, pero tenía miedo de que Julián siguiera allí, así que la rodeé. Caminé distraída hasta llegar a mi casa, y cuando me fui acercando, noté un bulto en la puerta. Había alguien sentado, pero no distinguí quien era hasta que fue demasiado tarde para huir. Me quedé paralizada mientras Julián se acercaba a mí, tenía una mirada de preocupación en los ojos, y pareciera que al igual que yo, también había estado llorando.
 No te despediste – dijo con la voz entrecortada. Eso confirmo mi sospecha. Él había estado llorando. – Te fuiste sin decirme adiós, Jess.
 Lo sé – intenté mantenerme seria, tranquila, pero no pude, nuevamente estaba llorando.


Él se acercó más, lentamente. Tomó mi rostro entre sus manos, con un gesto tan delicado y me besó. No tuve tiempo de reaccionar, de escapar de él. Pero sabía que aún que lo hubiera tenido, no lo haría. Fue lo que esperé que hiciera ayer, quería eso, pero ahora tenía miedo. Algunos dicen que lo que empieza rápido termina rápido, pero esto no terminaría pronto, él fue lo que esperé durante años, aunque me negara a enamorarme, inconscientemente lo esperé, y ahora lo tenía, y estaba segura de que le pasaba lo mismo. Me separé de él. Quería verlo de nuevo, convencerme de que esto era real, porque lo era. Una sonrisa iluminaba su rostro y ahora su voz era más firme que hace unos minutos atrás.
– Eres lo que espere durante años. Puede parecer tonto, y más si consideras que nos conocimos hace tan solo un día. Pero es cierto. Lo supe en tanto te vi. Eres la chica que pensé, solo existiría en mis sueños.  
– No es tonto, es real, también eres lo que siempre esperé, la persona con quien soñaba desde niña, y la cuál durante mucho tiempo busqué, aunque me negara a hacerlo.

No podía ocultar la sonrisa que se había formado en mi rostro, todos los pensamientos preocupados de ayer, desaparecieron, solo me importaba esto, estar con él, y lo haría, no importaba nada más. Solo nosotros dos.


Cada día él venía a buscarme. Íbamos a la plaza, y veíamos el amanecer, juntos, abrazados. La felicidad que no tuve en años, regresó ahora. Ya no peleaba con mi mamá, no discutía con ella, porque solo me importaba estar con él. Quería recuperar todos los años en los que la alegría era algo inexistente para mí. Todo lo hacíamos juntos, nada podía separarnos. Ni la lluvia, ni el calor, ni ese frío viento que ahora golpeaba mi cara anunciando la llegada del otoño.
El viento que anunciaba la llegada del otoño.